Conversión de Richard Jewel Willoughby, hijo
26 enero, 2009 por admin
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La Historia de Conversión de Richard Jewel Willoughby, hijo. 5 de Enero de 2006
Para narrar correctamente mi historia necesito dar a conocer mis antecedentes familiares. Mi padre nació en Independence, Missouri y fue bautizado como miembro de la Iglesia cuando tenía 8 años de edad; sin embargo, cuando era adulto ya no era miembro activo. Además, él se unió a las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos y fue enviado a Burtonwood, Inglaterra durante la Guerra de Corea. Por otro lado, mi madre nació en Macclesfield, Cheshire, Inglaterra, y tuvo tres hijos de mi padre antes de que se divorciaran. A los cuatro años, yo fui criado en Inglaterra con mi madre y mi nuevo padrastro. Mientras yo crecía, no sabía nada sobre mi herencia mormona y nunca me puse en contacto con ningún miembro de la iglesia.
Mi madre era católica y mi padrastro nunca mencionó nada sobre religión, fue un buen trabajador y era una buena influencia. Si yo le pedía que hiciese algo por mi y él pensaba que podía hacerlo por mí mismo, él decía: “Utiliza tu propia iniciativa”. Nunca fuimos a la iglesia como una familia, pero cuando yo era niño, recuerdo a mi madre diciéndome que existía un: “Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo”. Ella decía que yo podía orar a Dios Padre y pedirle lo que necesitaba. Pude entender el hecho de pedir lo que quería, un niño sabe cómo hacer eso. Pero ella decía que necesitaba tener fe. No lo entendí ¿Qué era fe? Bueno, me adelanto rápidamente a la edad de doce años, en ese tiempo estaba pasando por momentos tan difíciles en el colegio que sentía que no podía hablar con nadie. Me acostaba silenciosamente en mi cama, había lágrimas en mis ojos, no había nadie a quien recurrir. Yo recordaba las palabras que mi mamá había dicho hacía años atrás y entonces oraba lo mejor que podía a “Dios Padre”. En mi mente lo consideraba como un abuelo, una persona real. Iniciaba la oración de esta manera: “Dios, no sé si tú existes, pero ayúdame por favor…” No creo que eso era una buena fe, pero mis oraciones eran respondidas.
En ese tiempo, asistía a un colegio católico pero no era miembro de ninguna iglesia. Cuando me enseñaron sobre la Trinidad, tuve dificultades con el concepto, ya que no parecía ir de la mano con mi experiencia de orar al Padre.
A la edad de 20 años, quería ver a mi padre, a quien no había visto desde que tenía 4 años de edad. No sabía en qué parte de Norteamérica estaba viviendo él. Cuando estuve de visita en mi ciudad natal, Macclesfield, vi una iglesia con un nombre extraño –“La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”. No era una iglesia inglesa que conociera, es por eso que pensé que quizás era una iglesia norteamericana. Entré y conversé con una mujer que limpiaba el piso. Le dije que estaba buscando a mi padre norteamericano y ella anotó mi nombre y dirección y me dijo que alguien iba a ponerse en contacto conmigo. Poco después, recibí una carta del Obispo del Barrio de Macclesfield diciéndome que quizás yo debería escribir a la Biblioteca de Genealogía de la ciudad de Lago Salado. Mi madre recordó que mi abuela vivía en Utah y que ella se llamaba Martha Harrison, por su segundo esposo. Entonces, escribí una carta donde mencionaba el nombre de la madre de mi padre.
Mi abuela era miembro activo de La Iglesia SUD y mi abuelo de la Iglesia SUDR. Mi abuela trabajaba para la iglesia en la oficina de prensa de Sión, en Independence, Missouri. Cuando Sión se trasladó a Utah en 1946, ella se mudó por su trabajo. Cuando mi carta llegó a la secretaria de la Sociedad de Genealogía, ella conocía a mi abuela y la llamó. Mi abuela me escribió diciéndome que mi padre estaba en Inglaterra en su servicio temporal de catorce semanas para la Fuerza Aérea. Richard padre me escribió y yo viajé inmediatamente al sur para reunirme con él, sin decirle nada. Él se había casado dos veces más y su tercera esposa, mi madrastra, me recibió en la puerta. Hablé con mi padre y me explicó como él se había mantenido fuera de mi “nueva” familia para evitar problemas, pero que ahora todo era diferente. Nos frecuentamos mucho hasta que él volvió a los Estados Unidos.
Yo me comunicaba con mi padre y mi abuela mediante cartas. Después de algunos meses, le pregunté a mi abuela acerca de la iglesia a la que asistía en Macclesfield. Ella me contestó enviándome dos panfletos: “Qué iglesia es la correcta” por Mark E. Peterson y “El testimonio de José Smith”. Yo no asistía a ninguna iglesia, pero pensaba que había algo en la Biblia o en alguna parte por la que muchas personas tenían interés. Sin embargo, recordé mi niñez cuando todo era desesperación, yo oraba a Dios Padre y mis oraciones eran respondidas. También tenía una Biblia que había comprado y leía partes de ella. En especial, me gustaba el libro de Proverbios y me gustaban mucho los dichos sabios. Tenía curiosidad sobre los Diez Mandamientos y los encontré en Éxodos y los leí muchas veces.
Estos dos folletos fueron mis dos primeras exposiciones a la Iglesia. No estaba interesado en éstos, pero me sentí obligado al menos a echarles un vistazo porque mi abuela se había tomado el tiempo en enviármelos. En febrero de 1974, mientras estaba echado en mi cama los leía rápidamente para cumplir con mi obligación. Los dejé de lado y decidí dormir. Sin embargo, no podía dormir y cogí el primer folleto llamado “Qué Iglesia es la Correcta”, el cual leí desde el comienzo hasta el final. También leí todo el panfleto de “El Testimonio de José Smith”.
“Qué Iglesia es la Correcta” citaba versos de la Biblia, era metódico y lógico en su presentación. Era la primera vez que yo pensaba de esa manera de una Iglesia, aunque no tuve ningún sentimiento real sobre ésta. El testimonio del profeta fue diferente. Un párrafo que resaltaba fue el siguiente:
En aquel tiempo me fue motivo de seria reflexión, y frecuentemente lo ha sido desde entonces, cuán extraño que un muchacho desconocido de poco más de catorce años, y además, uno que estaba bajo la necesidad de ganarse un escaso sostén con su trabajo diario, fuese considerado persona de importancia suficiente para llamar la atención de los grandes personajes de las sectas más populares del día; y a tal grado, que suscitaba en ellos un espíritu de la más rencorosa persecución y vilipendio. Pero, extraño o no, así aconteció; y a menudo fue motivo de mucha tristeza para mí. (José Smith – Historia 23).
Pensé que también era extraño, y me identifiqué con José.
Otro Párrafo que decía lo siguiente:
Durante el tiempo que transcurrió entre la ocasión en que vi la visión y el año mil ochocientos veintitrés —habiéndoseme prohibido unirme a las sectas religiosas del día, cualquiera que fuese, teniendo pocos años, y perseguido por aquellos que debieron haber sido mis amigos y haberme tratado con bondad; y que si me creían engañado, debieron haber procurado de una manera apropiada y cariñosa rescatarme— me vi sujeto a toda especie de tentaciones; y, juntándome con toda clase de personas, frecuentemente cometía muchas imprudencias y manifestaba las debilidades de la juventud y las flaquezas de la naturaleza humana, lo cual, me da pena decirlo, me condujo a diversas tentaciones, ofensivas a la vista de Dios. Esta confesión no es motivo para que se me juzgue culpable de cometer pecados graves o malos, porque jamás hubo en mi naturaleza la disposición para hacer tal cosa. Pero sí fui culpable de levedad, y en ocasiones me asociaba con compañeros joviales, etc., cosa que no correspondía con la conducta que había de guardar uno que había sido llamado por Dios como yo. Más esto no le parecerá muy extraño a cualquiera que se acuerde de mi juventud y conozca mi jovial temperamento natural. (José Smith – Historia 28).
Estaba impresionado que José admitiera los “errores tontos”. Para mí, alguien que dice una mentira no lo diría de una manera tan abierta.
Ahora sé que el hecho de haberme impresionado por esos dos párrafos era porque el Espíritu Santo estaba actuando en mí. Después de más de 30 años, aún sigo teniendo el profundo convencimiento que sentía en ese momento.
Le escribí al Obispo del distrito de Macclesfield y le pregunté sobre la Iglesia y que quería saber más sobre ella. Él contestó mi carta y me invitó a viajar a Macclesfield para que me reuniera con los misioneros. Yo lo hice, recuerdo nuestra primera reunión. Cuando me enseñaban la primera charla, mi mente divagaba. Cuando era un niño, mi madre solía decirme amablemente que “Yo era muy distraído” cuando no prestaba atención. Los misioneros me hicieron una pregunta sobre lo que me estaban enseñando y desde ese momento presté más atención. Después de la primera charla, ellos me dijeron que había otros misioneros en Crewe quienes me iban a enseñar.
Me mostraron el Libro del Mormón y empecé a leerlo, cuando el resto de la charla acabó, me presentaron en la Rama de Crewe. El 9 de febrero de 1974, a pocos días de cumplir 22 años, Reginald Marshall Amos, un miembro de la Rama de Crewe, me bautizó en Newcastle-under-Lyme. No terminé de leer el Libro del Mormón antes del bautismo. No lo necesitaba. Un testigo de la verdad de la historia de un profeta sabe que todo lo demás fluye fácilmente. El Profeta vio a Jesucristo y al Padre, por lo tanto hay un Dios (Padre Celestial) e Hijo. José tradujo el Libro del Mormón, por eso es la palabra de Dios. José organizó la Iglesia, por eso es la iglesia de la cual soy miembro.
Poco después del bautismo, me enfermé y no pude asistir más, luego caí en la inactividad. Estuve enfermo por dos años, no tuve trabajo en todo ese tiempo. Oré a Dios para que me ayudara y si Él lo hacía tendría la fuerza para retornar a la Iglesia. Recibí ayuda y cumplí mi promesa. Desde ese día, incluso cuando estoy en medio de grandes luchas, asisto a mis reuniones para estar al lado de los santos y así no vuelva nunca más a caer en la inactividad.
Cuando regresé a la iglesia, tenía que recibir enseñanzas sobre ella y aprender el evangelio. Tenían que enseñarme las doctrinas, que son los fundamentos sobre los cuales se podían construir mi fe y entendimiento. Había decidido ir a la par con la verdad. La verdad no venía para adecuarse y ajustarse a mi punto de vista del universo. Tenía que cambiar y así seguir el camino de la verdad. No es un proceso fácil y hasta ahora el proceso continúa.
Algunas cosas eran fáciles. Estaba totalmente de acuerdo con la admonición de guardar alimentos y agua. Pensaba que guardar algunas reservas era sólo por sentido común, especialmente a veces cuando el dinero era limitado y sentía la inseguridad de mi familia viviendo de un cheque a otro. También pensaba que tener a alguien como autoridad era sólo puro sentido común. Aunque no siempre obedecía a la autoridad sacerdotal, lo reconocía. Finalmente lo hacía, “utilizando mi propia iniciativa”.
Cuando tenía diecisiete años, había visto el sufrimiento de Biafra en las noticias y sentía que quería hacer algo para ayudar. No sabía que hacer. Recordaba que algún día podría hacerlo. Cuando regresé a la Iglesia, el hecho de que podía realizar algo vino a mi mente, algo que estaba más allá de cualquier cosa que siempre había esperado realizar. Podía ser parte de la construcción de un reino –el Reino. Me puse la meta de que debía trabajar con todo el entusiasmo de una persona convertida –en los momentos de mucho entusiasmo– buscando hacer del mundo un lugar mejor. Un lugar mejor construido con los buenos principios del evangelio de Jesucristo, como el Profeta José Smith nos enseñó y el Profeta de nuestros tiempos. Un lugar mejor gracias a que las madres enseñan que existe un Dios que responde oraciones, incluso en mi caso que sólo tenía una partícula de fe. Un lugar mejor porque una abuela sabía cuándo y qué enviar a su nieto que apenas acababa de conocer.
Nunca nadie necesita estar solo, esa es mi fe.
