Conversión
17 enero, 2011 por admin
Archivado bajo El evangelio, Respondemos sus preguntas
La conversión es el proceso de ser nacido de Dios. “Nacer de Dios” o “nacer de nuevo” se refiere a la experiencia espiritual personal a través de la cual nosotros recibimos un perdón de pecados y un testimonio de Dios que si continuamos viviendo los mandamientos y perseveramos hasta el fin, heredaremos la vida eterna. Las escrituras enseñan que así como cada uno de nosotros “nace al mundo por agua, sangre y espíritu”, así debemos “nacer de nuevo” del agua y el Espíritu y ser limpios por la sangre de Cristo (Juan 3:5; Moisés 6:59).
Nacer de Dios implica un proceso santificante por el cual el viejo hombre o el hombre natural es suplantado por el nuevo hombre espiritual quien disfruta la compañía del Espíritu Santo y de allí en adelante ya no tiene deseos de cometer pecado (Colosenses 3:9-10; Mosíah 3:19; Enseñanzas del Profeta José Smith, pág. 51). Cuando nacemos de nuevo somos espiritualmente engendrados hijos e hijas de Dios y más específicamente de Jesucristo (Mosíah 5:7; 27:25) El profeta Alma 1 del Libro de Mormón llama a esta transformación interior un “poderoso cambio en sus corazones” (Alma 5:14)”.
(Adaptado del artículo por Ed J. Pinegar en Enciclopedia del Mormonismo, 1-4 vols., editado por Daniel H. Ludlow [New York: Macmillan, 1992], 218.)
LAS ESCRITURAS NOS ENSEÑAN
- Moisés 6:59— “Que por causa de la transgresión viene la caída, la cual trae la muerte; y como habéis nacido en el mundo mediante el agua, y la sangre, y el espíritu que yo he hecho, y así del polvo habéis llegado a ser alma viviente, así igualmente tendréis que nacer otra vez en el reino de los cielos, del agua y del Espíritu, y ser purificados por sangre, a saber, la sangre de mi Unigénito, para que seáis santificados de todo pecado y gocéis de las palabras de vida eterna en este mundo, y la vida eterna en el mundo venidero, sí, gloria inmortal;…”
Debemos nacer nuevamente por medio de la gracia de Dios con el objeto de recibir las bendiciones de vida eternal. Esto significa que cada uno de nosotros debe arrepentirse y dar fruto digno de toda aceptación del Señor, probando ser dignos de volver a Su presencia.
- Mosíah 5:7— “Ahora pues, a causa del convenio que habéis hecho, seréis llamados progenie de Cristo, hijos e hijas de él, porque he aquí, hoy él os ha engendrado espiritualmente; pues decís que vuestros corazones han cambiado por medio de la fe en su nombre; por tanto, habéis nacido de él y habéis llegado a ser sus hijos y sus hijas”.
Nos convertimos en los hijos e hijas de Jesucristo porque hemos hecho el potente cambio y, por medio del bautismo, hemos tomado sobre nosotros Su nombre. Esto implica un convenio y una promesa para recordarlo y guardar los mandamientos.
- Mosíah 5:2–– “Y todos clamaron a una voz, diciendo: Sí, creemos todas las palabras que nos has hablado; y además, sabemos de su certeza y verdad por el Espíritu del Señor Omnipotente, el cual ha efectuado un potente cambio en nosotros, o sea, en nuestros corazones, por lo que ya no tenemos más disposición a obrar mal, sino a hacer lo bueno continuamente”.
Cuando estamos verdaderamente convertidos por el Espíritu, experimentaremos el “potente cambio” y sentiremos y actuaremos de manera diferente. Tendremos el deseo de hacer como Enós, Alma y los Hijos de Mosíah.
- Moroni 8:25-26— “Y las primicias del arrepentimiento es el bautismo; y el bautismo viene por la fe para cumplir los mandamientos; y el cumplimiento de los mandamientos trae la remisión de los pecados; y la remisión de los pecados trae la mansedumbre y la humildad de corazón; y por motivo de la mansedumbre y la humildad de corazón viene la visitación del Espíritu Santo, el cual Consolador llena de esperanza y de amor perfecto, amor que perdura por la diligencia en la oración, hasta que venga el fin, cuando todos los santos morarán con Dios.
Reconoceremos un verdadero cambio dentro de nuestra alma. Empezaremos a sentir el Espíritu y gozar de sus frutos en nuestras vidas. Seremos más humildes y amorosos en todas las cosas.
HABLAN LOS PROFETAS MODERNOS
“La conversión debe significar más que solo ser un miembro de la Iglesia “portador de una tarjeta” con un recibo de diezmos, una ficha de miembro, una recomendación para el templo, etc. Significa superar las tendencias a criticar y esforzarnos continuamente para mejorar las debilidades internas y no simplemente las apariencias externas” (Harold B. Lee, Permanezcan en lugares santos [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1974], 355).
“Pero todo lo que ha sucedido en el pasado no ha cambiado ni todo lo que ocurra en el futuro cambiará la verdad que la conversión a Jesucristo y a su evangelio es la sola y única manera; porque aún se debe decir que “no hay ninguna otra manera debajo del cielo por la cual el hombre pueda ser salvo” (Elder Marion G. Romney, Informe de la Conferencia, octubre de 1963, Sesión vespertina 26). (Véase Hechos 4:12.)
IDEAS PARA EL DIARIO VIVIR
Aquí hay algunas cosas para recordar y hacer en el proceso de la conversión:
1. Busque alinear su ser con las cualidades de una persona verdaderamente convertida.
- Sea consciente de sus convenios bautismales
- Busque hallarse sin culpa delante del Señor
- Nazca espiritualmente de Dios
- Sea obediente y persevere hasta el fin
- Sea caritativo
2. Siga estrategias diarias para retener el espíritu de conversión y permanecer fuerte en la Iglesia.
- Recuerde orar
- Estudie las escrituras
- Gane entendimiento
- Permanezca siendo valiente
- Cultive el espíritu y la práctica del servicio
- Edifique el Reino de Dios
“La Conversión de Parley P. Pratt” es una historia maravillosa y un gran ejemplo de lo que significa ser convertido. Parley P. Pratt fue un líder al principio de la iglesia restaurada.
Era temprano en la mañana, justo al despertar el día, yo caminé diez millas en el campo y me detuve para desayunar con el Sr. Wells. Propuse predicar en la noche. El Sr. Wells me acompañó sin dudar por todo el vecindario para visitar a la gente, y hacer circular la cita.
Visitamos a un antiguo diácono bautista que tenía el nombre de Hamlin. Después de escuchar de nuestra cita para esa noche, él empezó a hablarnos de un libro, un extraño libro, un ¡MUY EXTRAÑO LIBRO! que él tenía, el que acababa de ser publicado. Este libro, dijo él, se afirmaba haber sido escrito originalmente ya sea en planchas de oro o de bronce, por una rama de las tribus de Israel; y haber sido descubierto y traducido por un joven hombre cerca a Palmira, en el Estado de Nueva York, por medio de la ayuda de visiones, o el ministerio de ángeles. Le pregunté cómo o dónde se podría obtener ese libro. Él me prometió que lo estudiaríamos, en su casa al día siguiente, si yo asistiera. Sentí un extraño interés en el libro… A la mañana siguiente, toqué la puerta de su casa, donde, por primera vez, mis ojos contemplaron el “LIBRO DE MORMÓN –ese libro de libros– ese registro que revela las antigüedades del “Nuevo Mundo” que datan de las más remotas épocas, y el cual revela un remanente perdido de José, el cual era el medio principal, en las manos de Dios, de dirigir el curso entero de mi futura vida.
Lo abrí con impaciencia, y leí la página del título. Luego leí el testimonio de varios testigos en relación a la manera en que había sido hallado y traducido. Después de esto yo comencé su contenido por curso. Lo leí todo el día, el comer era una molestia, no tenía deseo de alimento; el dormir era una molestia cuando llegaba la noche, porque yo prefería leer a dormir.
A medida que leía, el espíritu del Señor estaba sobre mí, y yo supe y comprendí que el libro era verdadero, en forma tan clara y manifiesta como un hombre comprende y sabe que él existe. Mi gozo era total ahora, por así decirlo, y me regocijé a tal punto que compensó todos mis pesares, sacrificios y fatigas de mi vida. Pronto determiné ver al joven que había sido el instrumento de su descubrimiento y traducción.
En consecuencia, visité el pueblo de Palmira, y pregunté por la residencia del Sr. José Smith. La encontré a unos dos o tres kilómetros del pueblo. Al acercarme a la casa al final del día me sorprendió ver a un hombre que estaba conduciendo unas vacas y le pregunté por el Sr. José Smith, el traductor del “Libro de Mormón“. Él me informó que él ahora residía en Pensilvania, algo como cien millas de distancia. Le pregunté por su padre o por cualquiera de la familia. Me dijo que su padre había ido [a] un viaje, pero que su residencia era una casa pequeña que estaba justo frente a mí; y, él dijo: yo soy su hermano. Era el Sr. Hyrum Smith. Yo le informó del interés que sentía en el Libro, y de mi deseo de aprender más sobre él. Él me dio la bienvenida a su casa, y pasamos la noche juntos, ya que ninguno de los dos nos sentimos dispuestos a dormir. Conversamos casi toda la noche, durante la cual le confié gran parte de mi experiencia en mi búsqueda de la verdad, y mi éxito hasta ahora; junto con lo que yo sentía que faltaba: un sacerdocio conferido, o el apostolado para ministrar las ordenanzas de Dios.
También él me confió los detalles del descubrimiento del Libro, su traducción, el surgimiento de la Iglesia de los Santos de los Últimos Días, y la comisión de su hermano José, y otros, por revelación y el ministerio de ángeles, por medio de los cuales el apostolado y autoridad había sido nuevamente restaurados en la tierra. Después de sopesar debidamente todo el asunto en mi mente vi claramente que estas cosas eran ciertas, y que tanto yo como todo el mundo estábamos sin el bautismo, y sin el ministerio y las ordenanzas de Dios, y que todo el mundo había estado en esta condición desde los días en que la inspiración y la revelación habían cesado, en fin, que se trataba de una nueva dispensación o comisión, en cumplimiento de la profecía, y para la restauración de Israel, y para preparar el camino antes de la segunda venida del Señor.
En la mañana me vi obligado a salir de la casa de este buen hombre y su familia, ya que tenía que apurarme para recorrer una distancia de treinta kilómetros, a pie, para cumplir una cita en la noche. Mientras nos despedíamos amablemente me obsequió un ejemplar del Libro de Mormón. Yo aún no había completado su lectura, y de hecho, me alegró poseer una copia propia. Viajé a unas pocas millas, y, parando para descansar, comencé de nuevo a leer el libro. Para mi gran alegría hallé que Jesucristo, en su cuerpo glorioso resucitado, se apareció a los descendientes de José en el continente de América, poco después de su resurrección y ascensión al cielo, y que también predicó, en persona, a las diez tribus perdidas, y que a través de su ministerio personal en estos países, su evangelio fue revelado y escrito en países y entre naciones totalmente desconocidas para los apóstoles judíos.
Fue entonces revelado, escrito, transmitido y preservado, hasta que fue revelado en esta época por los ángeles de Dios, por supuesto, escapó de las corrupciones de la gran y abominable iglesia; y fue preservado en pureza.
Este descubrimiento ensanchó mi corazón, y llenó mi alma con alegría y gozo. Valoré el Libro, o la información que éste contenía, más que todas las riquezas del mundo. Sí, verdaderamente creo que en ese tiempo no hubiera intercambiado el conocimiento que entonces tenía, por el título legal de todas las hermosas granjas, casas, aldeas, y propiedades que estuvieron frente a mí, en mi viaje a través de uno de los acuerdos más prósperos del oeste de Nueva York.
(Parley P. Pratt, Autobiography of Parley P. Pratt, editado por Parley P. Pratt Jr., Classics in Mormon Literature ed. [Salt Lake City: Deseret Book Co., 1985], pp. 20-22.)
Este artículo se adaptó de Lo que necesitamos saber y hacer, por Ed Pinegar y Richard J. Allen.

