Reflexiones de una ex-misionera

18 marzo, 2011 por  
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“SUS PENSAMIENTOS NO SON NUESTROS PENSAMIENTOS, SUS CAMINOS NO SON NUESTROS CAMINOS”

Por Karisna

Nosotros realmente no podemos descifrar lo que nuestro Padre Celestial está pensando, debido a que Sus pensamientos no son nuestros pensamientos; Sus caminos no son nuestros caminos”.

Cuando era una niña, me encantaba soñar. Habiendo sido criada por un padre completamente arraigado a la religión católica, mi primer sueño era llegar a ser monja. Siempre me gustaba ver a las monjas en sus hábitos y me gustaba ver cómo la gente las reverenciaba. Otra razón por la quería ser monja es simple: Amo a Dios. Quería ofrecerle mi vida por toda la bondad que Él me había brindado, por la familia que me dio, y la lista continúa sin fin.

Cuando le dije a mi hermana mayor sobre mi sueño, ella me dijo que si llegaba a ser monja, estaría encerrada en un convento y que ¡nunca más podría ver a mi padre o a mi madre!  Imagínese el horror que vino a mi mente de seis años. Así que saqué de mi lista de sueños el convertirme en monja. Soy la más joven en mi familia, es por eso que estoy particularmente pegada a mis padres, especialmente a mi padre. Mi mente joven no podía ni siquiera imaginarse el hecho de no volverlos a ver.

Mi padre estaba en el ejército, así que crecí en bases militares con el sonido del trote de los hombres a primeras horas de la mañana que nos servían como alarma. Ver a los hombres en uniformes militares era normal para mí, y los Hummers eran como buses escolares para todos los hijos de hombres que estaban de servicio. Los soldados se volvían mis héroes inmediatos porque luchaban mucho por la seguridad y la protección de la gente filipina. Admiraba su valor y coraje. Los admiraba porque su líder era mi propio padre. Me dije a mi misma: “También quiero ser un soldado, como mi padre. Quiero seguir sus pasos. Quiero ingresar y estudiar en la prestigiosa Academia Militar de Filipinas, donde mi padre se graduó. Quiero defender a mis amigos y a mi familia”. Sin embargo, cuando les contaba mis sueños a los demás, me bombardeban con respuestas negativas. Así que eliminé de mi lista de sueños el convertirme en soldado.

Finalmente me dije a mi misma: “Esta vez estoy segura; seré una doctora”. Quería ser doctora porque cuando vi a los niños en África por la televisión, mi corazón simplemente se fue con ellos. Quería ayudarlos. Quería encontrar la cura para el SIDA y hacer que las vidas de las personas mejoren. Finalmente, mi familia aprobó mi sueño.

Todo marchaba bien. Estaba en el último año de la secundaria, estaba emocionada por terminar para poder empezar mis cursos de preparatoria para ingresar a la facultad de medicina. Ya me había imaginado asistiendo a la universidad de mis sueños, sobresaliente en mi programa. Luego recibí la noticia más devastadora de mi vida: mi padre tenía cáncer. La noticia me destrozó. Recibí esta noticia justo después del a ataque a las torres gemelas de 2001. Norteamérica lamentaba la pérdida de más de miles de vidas, y sentí la misma desesperación y pérdida en mi propia vida.

Mi madre me pidió, por razones prácticas, renunciar a la escuela de medicina y solamente estudiar enfermería porque ser doctora era extremadamente costoso, y mis padres simplemente no podían pagarlo mientras mi padre tenía cáncer al colon. Esa noche lloré muchísimo. Por varios años traté de mantener ese sueño; pero luego éste simplemente se alejaba de mí.

Mi padre falleció en mayo de 2003. La única cosa que mi padre me enseñó y que nunca olvidaré es que nunca preguntara a Dios por qué le pasó esto a mi familia, ni preguntar por qué de todas las personas mi padre tuvo que tener cáncer. Mi padre me enseñó a ser fiel hasta el final. El haberme enseñado esta fe era la única razón por la que fue tan fácil para mí aceptar el evangelio de Jesucristo como me lo enseñaron los misioneros mormones en diciembre de 2004. Me bautizaron el 20 de marzo de 2005, y fui confirmada la siguiente semana.

Realmente nunca pensé sobre mis sueños pasados hasta que llegué a ser una misionera a tiempo completo, para lo cual esperé, ayuné y oré pacientemente por tres años, cuando mi madre finalmente me dejó ir.

Durante las últimas semanas de mi misión, recordé mis sueños, y lloré nuevamente porque me di cuenta que había llegado a ser lo que realmente quise ser. Dios responde las oraciones.

Por 18 meses, llegué a ser una “monja”. Me llamaban la Hermana Sesante, usaba falda y blusa que llegaron a ser como mi “hábito”. Llegué a ser un soldado de la verdad, que defendía la verdad y la rectitud por Jesucristo todos los días. No tenía las armas de un soldado, pero sí mi colección de escrituras y mi testimonio del evangelio de Jesucristo. A pesar de que no llegué a ser médico como siempre lo quise, llegué a ser enfermera, y por dieciocho meses fui asistente del mejor médico del mundo, Jesucristo.

Es por eso que realmente creo que tenemos un Dios viviente, nuestro querido Padre Celestial, que nos ama tanto. Testifico de Su bondad. Sé que todo sucede por una razón. Sé que si entendemos mejor Su Plan de Salvación nos ayudará a todos y cada unos de nosotros a ver nuestras pruebas y adversidades con mayor esperanza. Sé con seguridad que nosotros realmente no podemos entender lo que Dios comprende.

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